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lunes, 2 de noviembre de 2020

Selina, Viuda


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Un año más, con una rosa en las manos, fue a su tumba. Se recostó sobre ella, y habló toda la noche, con el pelo revuelto y ataviada del ajado traje que esa noche llevaba. A ratos canturreaba una canción, a ratos le narraba lo sucedido ese año desde su última visita.

Su llegada a la Necrópolis, sus habitantes, y algunos sucesos en la misma, le llevaron casi media noche. Acariciaba el manchado mármol mientras se despojaba de sus recuerdos pasando luego a enumerar sus cacerías.

- ¿Recuerdas al primero? - sonrió levemente mientras pasaba los dedos por las letras esculpidas en el mármol - ¿Cómo se llamaba? ¡Ah si! Es cierto. - Murmuraba como si alguna voz inaudible contestara a sus preguntas.

Cerró los ojos para recordar cómo fue su primera caza inmortal. No, no el ganado que había usado para alimentarse, esos no contaban, sino los que habían portado su rosa sangrienta. Uno de tantos ahora, el primero de muchos.

Le había llevado semanas de juegos. Siempre le gustaba tomarse su tiempo en una sola presa. Aunque con el tiempo se hiciera más diestra en atraerlos y dejarse llevar por sus deseos, siempre alargaba el momento del golpe mortal. La rapidez la dejaba para otras ocasiones.

- Aquel me amaba de verdad, lo veía en sus ojos y, como siempre que es sincero, su final fue más placentero que los que fingen. Es tan fácil manipularlos cuando piensan con el corazón, incluso más sencillo que cuando piensan con la entrepierna. - su risa susurrante se mezcló con el ruido de las hojas del árbol cercano.
Siguió narrando los encuentros nocturnos, los intercambios de promesas, las despedidas rápidas, y los planes de futuro mutuos. Mientras la historia llegaba a su final sus cerúleos ojos iban tornándose rojos con la excitación del relato.

- Pocos son los que lloran cuando te ven ataviada de novia. Aquel lloró, emocionado, y se abrazó a mi cintura, rendido a mi embrujo enamoradizo. - se giró sobre la sepultura y miró la noche estrellada para proseguir su testimonio. - Sus semblantes cuando casi consiguen lo que desean es tan enternecedor.

Con un agrio gesto en los labios continuó su hazaña. Se deleitó en los detalles de esa última noche y cómo lo atrajo al lecho fúnebre con palabras cariñosas y gestos seductores. Mientras sus ojos se hacían más brillantes, y su voz sonaba más entrecortada, concluyó su relato pormenorizando en los detalles más escabrosos.

- Al final, entre sabanas sangrientas, solo queda un despojo con ojos vidriosos. Con esa postrera mirada de asombro, dolor, miedo, pena, ira, pánico, o cualquiera de ellas. Son todos tan patéticos. - Su semblante era ahora una máscara de odio.
Siseaba en la oscuridad recordando los rostros de cada uno de ellos. Cada uno de sus maridos, amantes, o enamorados, eran el principio de todos los que la eternidad le concedería. Su regocijo con la idea casi le hizo olvidar la llegada de la alborada.

Se levantó de la losa de un salto gatuno, y dejó de nuevo una rosa granate sobre ella. Internándose en la oscuridad de las criptas recompuso su mueca. Recobró su sonrisa irónica, y se dispuso a reunirse con los únicos varones a los que ínfimamente toleraba.

La Viuda había vuelto, como cada año, a visitar el mausoleo. 
 


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