Desde Evereska

La elfa Solar se agarró al brazo de su esposo y esperó a que terminara de conjurar. Sintió ese cosquilleo preámbulo del viaje mágico, que prefería no saber en qué consistía, y soltó el aire cuando sintió que sus pies pisaban otro terreno, muy distinto al del de Suldannessellar que habían dejado.

Miró alrededor, al que sería su nuevo hogar durante el tiempo que esperara el momento del parto y donde criarían a su hijo en los inicios de su vida, cerca del Abuelo Naïlo.

El abuelo se había esmerado en ultimar todos los detalles, cuna incluida, y los esperaba con una sonrisa ilusionada en su, normalmente serio, rostro.


Solo faltaban días, quizás poco más de una semana para ser padres, y se sentía algo angustiada. Su madre había muerto dando a luz a Samara y su hermano Feanor, pero intentaba no pensar en eso. Que Erven regresara a Suldannesselar a enfrentarse a las tensiones de la ciudadela y a los peligros que siempre se empeñaba en combatir solo, le preocupaba más.

Pidió que le llenaran una bañera de agua caliente para deshacerse de tensiones y del olor al bosque que tanto amaba. Aún le resultaba extraño ver los vestidos aguardándole tras el baño, y no las camisolas para ponerse bajo la armadura.

Se acomodó entre almohadones, libros y atenciones familiares, en lo que llaman la "Dulce Espera".
La noche transcurría con tranquilidad en la Posada a Medio Camino, en las faldas de los Shaeradrim que rodeaban La Fortaleza Hogar, la rutina del elfo había sido la misma durante las últimas semanas, atender durante el el día los asuntos que le mantenían alejado de su esposa en Tethyr y Amn y luego regresar mágicamente junto a ella a pasar el mayor tiempo posible a su lado.

La Posada a medio camino gozaba de deliciosos caldos, incluso el tan preciado Everquisst se servía allí a quizás el precio más bajo de los Reinos debido a la cercanía del principal y quizás único productor del continente, una gran cantidad de espirituosos élficos se disfutaban en la posada bajo el nombre de Elquesstria, las famosas guías de Volo la apreciaban como una gran posada y aún mejor taberna.

Hoy se había hecho tarde y el sol ya cerraba el horizonte, el joven elfo solar había decidido hacer noche allí, los asuntos de la Ciudadela del Weldath le habían retenido durante demasiado tiempo como era, últimamente habitual.

Tomaba una sopa y una pequeña copa de vino en una mesa alejada de la zona más bulliciosa de la estancia mientras revisaba algunas notas cuando alzó la mirada ante las palabras corteses que le habían alejado de su lectura.

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-¿Señor Naïlo? -escucho la voz discreta de Myrin Lanzadeplata.
-¿Sí? - el elfo no recordaba haberse presentado al posadero, pero este parecía conocer su nombre.
-Disculpad la interrupción, alguien os espera fuera -comentó el elfo con sobriedad.
-¿Uh? No esperaba a nadie -se levantó con cierta incomodidad ante la inesperada llegada.
- Creo que deberíais salir cuanto antes -no os preocupéis por la cuenta, hoy invita la casa.

Asintió amable a Myrin y le dedicó unas palabras de agradecimiento antes de cruzar la estancia hacia la salida, ¿sería Ruaven? ¿habría algún problema con Samara? A paso firme y algo transitaba azorado junto al camino hasta que escuchó una voz.

-¡¿Erven?! -el guardia acariciaba una enorme águila gigante iba vestido con los colores de la ciudadela y hacia aspavientos para que se acercara cuanto antes.
-Sí, soy yo, ¿qué sucede va todo bien? -preguntó el arcano abriendo mucho los ojos.
-Ruaven me ha avisado de que vuestra esposa se ha puesto de parto, soy Ailer, serví con vuestra madre durante la guerra contra los phaerimm -comentó ya más sosegado el guardia.

-Debemos partir cuanto antes, no es que esté precisamente cumpliendo órdenes. Montad conmigo, os llevaré junto a ella.
- ¡¿Dónde está Erven?! - se oyó gritar desde los aposentos de la guerrera casi en un aullido.

Su suegro, apurado, miraba por las ventanas de la residencia Naïlo esperando ver llegar en la lejanía al águila gigante y sus ocupantes. Mientras, varias elfas entraban y salían de la estancia con lienzos, agua y tónicos para la parturienta.

Mientras avanzaba la noche, los gritos de exigencia pasaron a dolientes gemidos propios de un alumbramiento. Las voces de las comadronas eran suaves y pacientes con la enérgica gentil que ocupaba el lecho.

Casi a medianoche el anciano por fin vislumbró una sombra en el cielo y suspiró aliviado.

- Llega a tiempo - Sonrió a la comadrona más anciana que se asomó a la puerta y esta levantó una ceja severa indicándole "por los pelos" con el gesto.

El alto elfo solar entró corriendo, mientras se despojaba de sus pertenencias y abrigo, tirándolos a un lado y acercándose al cabecero de la gran cama donde agarró las manos de su esposa.

- Ya estoy aquí, Sam. - Le sonrió y le dio un beso en las manos mientras interrogaba con la mirada a la matrona. Esta, seria y tranquila, solo asintió para tranquilizarlo. Todo iba bien.

- Claro que estás aquí. Siempre cumples tus bellas promesas, siempre. -la elfa apretó su mano en un nuevo estallido de dolor.

Pese a estar acostumbrada a heridas graves y las duras condiciones de una batalla, Samara estaba abrumada por el dolor que la partía de parte a parte. "Es mucho más fácil matar a un ilícido que hacer esto", pensó mientras una de las jóvenes ayudantes intentaba ponerle un paño fresco en la frente.

Al llegar el alba a Evereska la criatura volvía a brazos de su madre. Erven lo había llevado fuera, a los salones, a conocer al abuelo Naïlo. Le dio tiempo a descansar y recuperarse.
- ¿Y su nombre? - preguntó el orgulloso padre acunando al pequeño bebé elfo antes de dárselo a la reciente madre.

- Ya lo tiene. - Ella posó sus ojos en los de él, desafiándolo y sonriendo. Él supo que no había discusión posible ante esa mirada. - Lanimil Naïlo.

El solar supo que había decidido el nombre independientemente del sexo de la criatura, "Bella Promesa" o "Hermoso Vínculo" eran sus traducciones en el tosco idioma humano. Ninguna de ellas se acercaba a lo que significaba en elfico el nombre de Lanimil.

La joven elfa, desde que había abandonado la espada y la armadura, le sorprendía cada vez más con una actitud más delicada y meditativa propia de su raza.
Los días transcurrían alborotados en la residencia Naïlo, el joven Lanimil había llenado de vida un hogar que desde las pérdidas en la guerra contra los phaerimm había permanecido vacío de color y vida, como observar el Plano Material desde el Etéreo, presente y borroso al mismo tiempo.

Samara esperaba la llegada de Erven, el elfo era feliz cuidando al niño el poco tiempo del que disponía y su padre Ruaven llevaba años sin mostrar la cara de felicidad que se dibujaba en su rostro cuando el joven Lanimil daba sus primeros e inseguros pasos buscando a su abuelo con los brazos abiertos.

Sus obligaciones, como todo adulto imaginaba el elfo le alejaban más tiempo del que le gustaría de su familia, ser padre era una experiencia que le había hecho ver y comprender su pasado de forma distinta a como ninguna otra experiencia podría haberlo hecho antes.

Incluso para los elfos pensó, por muchos siglos que se vivan hay dos tipos de tiempo, dió un beso a la guerrera que yacía en ensueño en la cama tomó su bastón y partió de nuevo a las afueras de la Ciudad Fortaleza, varios gestos de manos y unas palabras de poder pusieron de nuevo los pies del elfo en las Tierras de la Intriga, la vida, el trabajo y la aventura fuera de la tranquilidad de Evereska, no descansaban.
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- ¿Dónde voy a meter tanto vestido? - la guerrera resopló acomodándose los rebeldes mechones del cabello, de nuevo áureo tras el nacimiento de Lanimil.

Los años pasados en Ervereska, sin corazas ni armaduras, había acumulado demasiados ropajes vaporosos y un sin fin de chismes infantiles que debía transportar de nuevo a la ciudadela.

El tiempo se echaba encima, pronto llegaría el arcano y tenía la sensación que olvidaba algo importante. Cerró los ojos y pensó con fuerza.

El aire se llenó del olor caneloso de la magia y sonrió. Al menos a ella le recordaba al olor de esa especia siempre que Erven aparecía en el aposento mediante algún conjuro.

- ¿Listos? - preguntó el mago ya con Lanimil en brazos. Aunque el infante ya era bastante mayor para ir a pie, su padre no perdía oportunidad de alzarlo.

- Olvido algo... - se giró mirando la habitación donde había descansado esos años y repasó mentalmente cada rincón de la estancia. Resopló por enésima vez ese día, y puso sus brazos en jarras. Entonces cayó la cuenta.

Empezó a reírse de forma tenue y, poniéndose de puntillas, bajó un fardo de encima de uno de los muebles más altos. Lo desenvolvió, aun riendo, ahora de forma más sonora y se ciñó a la cadera su contenido.

- Mi espada - dijo entre carcajadas nerviosas mientras se acercaba a Lanimil y Erven que la miraban con cara de pasmados.

¿Cómo podía haber olvidado lo que otrora fuera parte casi de su ser? Sintió el peso, extraño, en su costado y suspiró terminando de reír.

- Volvamos a casa. Es hora - dijo la Ar´Tel´Quessir sujetándose al brazo de su compañero. 

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